El rodillo españolista

Los reyes Borbones franceses temían que les surgieran enemigos que les discutieran su legitimidad a la Corona (que no al reino, porque Francia fue y es un estado multicultural). Así que a partir del siglo XVI, y a pesar de que Enrique IV había accedido al trono desde la Baja Navarra, se inició una unificación cultural y una política de tierra quemada contra aquellos territorios que hablaban lenguas distintas a la langue d’oïl o antiguo frances (langue d’oc u occitano-gascón, franco-provenzal, euskera, catalán y bretón), que culminó con la Ordenanza de Villers-Cotterets de 1539, por la cual el francés pasó a ser la lengua obligatoria en todos los documentos públicos, y con otros documentos como la prohibición del uso del catalán en la provincia del Rosellón por parte de Luis XIV “por repugnar y ser contrario al honor de la razón francesa”. La Iglesia Católica francesa fue una colaboradora fiel de la Monarquía al unificar la Liturgia en langue d’oïl. La Revolución Francesa, en este aspecto fue temiblemente reaccionaria, ya que intensificó la persecución de las lenguas minoritarias y el centralismo parisino, eliminando y exterminando en gran parte la riqueza nacional y cultural de las naciones del Estado francés y convirtiéndolas en poco menos que reliquias kitsch.

Con ese “odio a lo diferente” como excusa para eliminar a los contrincantes no es de extrañar que el advenimiento del nieto de Luis XIV al trono de la Corona española fuera el principio de una exacerbación de la imposición de una falsa uniformización imperial castellano-madrileñista (falsa, porque Castilla fue la principal víctima de dicha uniformización), que comenzó con los Decretos de Nueva Planta, y dio comienzo a una guerra soterrada de exterminio cultural que dura tres siglos y en la cual han colaborado elementos conservadores y elementos progresistas con un objetivo común: crear una nación artificial donde antes convivían varias naciones con sus propias instituciones de autogobierno, sus culturas propias, sus idiosincrasias particulares y su riqueza demográfica.

Los nacionalismos centrípetos del siglo XIX en Italia y Alemania también iniciaron campañas unificadoras en las cuales se pisotearon salvajemente las diferencias de territorios que nunca habían convivido más allá de la vecindad (Sarre y Baviera no tienen nada en común, o Venecia y Sicilia), y dieron más fuerza a una inventada nación española que no tenía ningún sentido histórico más allá de las imaginaciones calenturientas de panegiristas que utilizaron a los “castellanistas” de la Generación del 98 y a historiadores como Ramón Menéndez Pidal deformando sus versiones hasta el paroxismo.

Y así, ahora mismo, ante cualquier posibilidad de que una de las naciones que componen el Estado español desee matizar su diferencia ante el resto como expresión de la riqueza cultural, ve pasar el rodillo españolista por encima de ella. Felipe V no tenía el peligro de Internet, pero nosotros, frente a la uniformidad españolista tenemos la Red como instrumento de difusión de nuestra riqueza lingüística, idiomática, cultural y vital. Y aquellos que sentimos la opresión de un Estado español uniformado y único lucharemos para seguir defendiendo nuestra diferencia cultural como un tesoro a conservar de generación en generación y denunciando el genocidio cultural que en la práctica ya se ha cobrado las víctimas de las naciones astur-leonesa y aragonesa, y como objetivo para su conservación un Estado plurinacional como Suiza, y si nos obligan a ello, la independencia.

Autor: José Antonio Bravo Mateu

Observador inquieto. Comentarista irredento. Polemista. Me gusta que la gente se haga preguntas, debata, discuta, o lo que sea, con tal de que empiecen a preocuparse por lo que realmente influye en sus vidas y dejen de ser androides sociales para ser ciudadanos conscientes.

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